Mostrando entradas con la etiqueta el ruso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el ruso. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de febrero de 2012

"Adiós, Moscú", por Cameron Tucker.

El Ruso me abandóno anoche, miserablemente. 

Y no sólo me ha abandonado sino que, además, ha confirmado mis "paranoicas" teorías de que había vuelto con Curvy Love y que llevaba con ella desde Navidad. Así que, después de todo, yo llevaba razón y él, en "El incidente de nochevieja", se hizo el ofendido por una acusación que era verdad. Un mes, pues, de engaños y cama compartida. Y una amarga despedida para una historia que, de otra forma, habría sido preciosa. 

Y con su despedida no sólo se van las cosas que han sido, sino las que podrían haber llegado a ser. Y no digo yo que nuestra historia fuese perfecta, pero uno (de naturaleza soñadora) había fantaseado alguna vez con alguna que otra postal idílica... ¿y quién podría culparme? Nadie.

Nos había visto en una pequeña boda de septiembre, al aire libre y sin chaqués, con sillas blancas y una jupa llena de flores, y farolillos por los árboles. Nos había visto pintando una casa en Connecticut, con pocas habitaciones pero espaciosas, manchándonos de pintura turquesa mientras sonaban los Carpenters. Me había visto consiguendo un puesto en Columbia, enseñando literatura victoriana. Le había visto montando una pequeña empresa de fontanería, con una camisa de cuadros y una camioneta sin parte de atrás (como la de Mike Delfino), con pocos beneficios pero mucha ilusión. Nos había imaginado en sábado por la mañana, mientras él jugaba con nuestro perrete en el jardín, y yo leía en una hamaca. Nos había visualizado con dos pequeños: rubios y valientes como El Ruso, con gafas de pasta y ambición como yo (mis ensoñaciones oníricas no entienden de imposibilidades físicas o genéticas). Le había visto en el jardín enseñando a batear al pequeño mientras yo coloreaba con la niñita. Le había visto volviendo a casa con los dos, después de entrenar al equipo de alevines, mientras yo preparaba una tarta. Y nos había imaginado haciéndonos mayores, discutiendo a veces, saliendo con un par de amigos, ahorrando para la universidad y aprovechando para pasar las vacaciones en las ciudades donde a mí me invitasen a dar cursos de verano (ya había planeado cambiar mi billete de primera clase por dos en turista, y la reserva de mi hotelazo por un apartamentito en el centro de París o de Buenos Aires). Nos había visto cuando el pequeño se fuese a una facultad de la Ivy League, mientras la mayor seguía trabajando de camarera, para mi disgusto, intentando crearse una carrera como escritora, para mi orgullo. Y sí, nos había visto de viejecitos, viendo la tele, cuidando del jardín y paseando de la mano. Pero bueno... ¿quién no se ha montado alguna vez una peli más grande de la cuenta?


Y es que a pesar de que a mí se me llenase la boca con mi actitud de feminista liberada (como Carmen Alborch) asegurando que "era sólo una aventura" y que "disfrutaría de ese ruso de 21 años y metro ochenta mientras pudiese y que, después, me quitasen lo bailao", en realidad tengo que confesar que, a lo largo de estos meses, me ha gustado cada vez más y más.

  
El Ruso se bajó de mi coche hace 24 horas, seguramente para empezar una vida con su novia "a la que conoce de toda la vida" y "que es parte de su mundo", después de reconocer que "se había portado como un mierda" y de desearme que "ya vendría otro que me tratase mejor que él" (a lo que yo, en un gesto de patetismo SIN LIMITE, le respondí que "yo no quería que fuese otro, quería que fuese él"), no sin antes sugerir que "podíamos seguir viéndonos como hasta ahora" ya que "lo que tiene con ella es diferente a lo que tiene conmigo". Huelga decir que yo me negué a esta última propuesta... ya que la figura de "la otra" es preciosa en la poesía y en la copla, pero muy poco agradecida en la vida real. También sobra decir que, desde entonces, el mundo es un poco más gris: ni el arcoiris gigantesco que vi esta mañana desde el autopista mientras iba al trabajo tenía el menor brillo o el menor sentido. 

Pero sobreviviré. Yo soy un superviviente. Mi segundo marido, al abandonarme (por otra mujer, por cierto, que menudo tino para los hombres tengo yo) me arrancó el corazón y le echó sacos de sal. Desde entonces yo viví en el desierto, y eché raíces en el infierno... pero El Ruso había llegado por sorpresa, trayendo juventud y alegría y, en cierto sentido, me salvó. Ahora me quedo con su recuerdo, con sus comentarios absurdos y sus silencios besugueros, y con las cosas que me enseñó; a cambiarle la fecha al movil, a usar bien la calefacción de mi coche, a conducir por terrenos escarpados, a no temer a los perros de razas peligrosas... 

Pero bueno... por mucho que lo asuma y lo lleve dignamente, no quita que me apene. Yo, en el fondo, sabía que él no era mi Mr. Darcy... pero a saber cuándo aparece éste, si es que lo hace. Ahora que todo ha acabado veo que El Ruso ha sido, un poco, como Tag para Rachel K. Green: un precioso regalo previo a encontrarse con su verdadero amor. Un regalo que apareció cuando el verano empezaba a esfumarse, y que se va cuando el invierno está en lo más crudo. 


Ahora sólo queda consolarme un poco y reponerme. Viendo lo visto he decidido que me voy a consagrar a la ciencia: si los hombres no son lo mío, al menos haré algo útil para la humanidad o mi curriculum. Seré como uno de esos monjes medievales que consagraban su vida a iluminar manuscritos con dibujos de dragones y textos clásicos. 

Si al menos no fuese abstemio podría beberme una botella de vino blanco, y olvidar. Si al menos no estuviera a dieta podría ahogar mis penas en helado de caramelo del Mercadona. Pero como no me voy a tirar al barro me he comprado algunas cositas en Amazon, que es el consuelo que encontramos la gente lista cuando tenemos algún disgusto.
Adiós, Ruso. "Siempre que el viento sople en el campo pensaré: Lowenstein... Lowenstein..."

sábado, 28 de enero de 2012

Confessions on a blogfloor, por Cameron Tucker.

Como la vida de un profesor/estudiante en enero no tiene nada de bonito ni de interesante (horas y horas de corrección y estudio no dan para muchas aventuras) he decidido plagiar (vilmente) la iniciativa de Wallace y, así, contar algunas anécdotas emocionantes y sórdidas, a ver si así me quito el sambenito de Charlotte York de una maldita vez. Y es que, que os quede claro que, aunque mi vida ahora sea ordenada y discreta, casi de señorona victoriana, hubo una época en la que mi día a día era una temporada cualquiera de Jersey Shore... He aquí, pues, mi respuesta a esta lista de cosas:

 - Tener sexo con una persona que acabas de conocer: Bueno... Esa es una de las ventajas de ser mariquí, ¿no? Y quien diga que no, MIENTE.
- Tener sexo en tu lugar de trabajo: Cuando lo tuve aún no sabía que, unos años después, ese lugar se convertiría en mi lugar de trabajo. Sí, he hecho el amor en la Universidad de Woodsboro. En los baños del rectorado de mi antigua facultad. Y digo "hecho el amor" porque fue una cosa bonita y formal, con mi novio de aquella época, y no una cosa sórdida y oscura.
- Tener sexo en un lugar inusual: Siempre que leo esta pregunta me acuerdo de la respuesta que, en un capítulo de Friends, dio Phoebe: "En Milwaukee". Pero no, pensando en mi biografía sexual... ¿es un Burger King lo suficientemente inusual? Si no lo es también tengo un ascensor, una gasolinera y, atención, una rotonda boscosa.
- Viajar a otro continente: Claro que sí, soy un viajero profesional.
- Besar a alguien de otro continente: Esto no, pero sí he besado a hombres de fuera de nuestras fronteras. Y cuando digo "besar" ya sabéis a lo que me refiero. En mi heterogenea lista está El Ruso, por supuesto, pero también un chico inglés y, oh sorpresa, un cubano y un marroquí. Toma sordidez intercultural. Eso sí, retomando el sentido original de la pregunta, me acuerdo de mi primera vez en Nueva York paseando por el Village cuando un rubiasco joven (que se parecía a Sam Evans) me pidió firma y apoyo para una propuesta a favor del matrimonio gay en el Estado de Nueva York. Yo, por guapo y por concienciado, le di cinco dólares y nos pasamos media hora hablando. Le conté que venía de España y que aquí nos podíamos casar y tener los mismos derechos que cualquiera. Él me idolatró por exótico, yo le idolatré por guapo y, si no hubiésemos estado en mitad de la calle, habría sido pasto de la categoría "Tener sexo con una persona que acabas de conocer".

 - Enamorarte: Sí, dos veces. De mis dos maridos, claro está. La primera vez fue una maravilla gloriosa, que está a punto de cumplir su décimo aniversario. La segunda vez fue una pesadilla terrorífica que me hizo tocar fondo.
- Enamorar a alguien: Espero que sí... Hay un hombre que bebe los vientos por mí desde los noventa. Es encantador y profesor también, somos tal para cual. Y ha sido, probablemente, el único hombre que me ha tratado como la reina que realmente soy, pero no me pone... Lo tengo ahí, de reserva, por lo que pueda pasar.
- Aprender a tocar un instrumento: Soy MUY melómano, pero las personas con una incapacidad matemática como la mía no tenemos la menor habilidad musical.
- Saberte un disco de memoria: ¿Y quién no?
- Leer un libro del tirón: Soy tan bibliófilo que a veces se me va de las manos. La última vez que leí algo del tirón fueron los tres volúmenes de "Los juegos del hambre": más de mil páginas en cinco días.
- Meterte en una pelea y salir vencedor: Hace unos años, unos amigos y yo sufrimos una agresión homófoba. Ni que decir tiene que no salimos victoriosos físicamente, pero sí moralmente. Me rompieron el labio (aún tengo una pequeña cicatriz), pero eso sólo me hizo convertirme en un luchador aún mayor por los derechos civiles y por la visibilidad. Aquel puñetazo rompió las puertas de los pocos armarios que aún quedasen en mi alma.
- Escribir un libro: Estamos trabajando en ello... Soy un amante de la literatura y de la escritura, y tengo algo bastante completito a punto de terminarse. Ojalá vea la luz. En lo académico, huelga decirlo, sí tengo muchas cosas publicadas.
- Ser infiel: JAMÁS.
- Emborracharte: Cuando la gente se entera de que llevo más de un año sobrio (vamos, que me he hecho abstemio, pero me gusta enunciarlo así de amaricanamente) cree que soy mojigato y timorato... No. Sólo intento conservar neuronas para mi tesis. E intentar contrarrestar la sistemática limpieza étnica que de ellas hice en mi alocada juventud. Creo que bastará que os diga que no recuerdo 2003. 
- Pujar por ebay por mas de cinco euros: Y por cincuenta... Soy un gran amante de las compras culturales por internet.
- Terminar la carrera: ¿LA carrera? Dirás laS carreraS, las tres carreras.

viernes, 20 de enero de 2012

Los domingos por el fútbol me abandonas, por Cameron Tucker.

El Ruso y yo estamos en crisis. Eso es una verdad incuestionable. Nuestros modus vivendi nos separan a pasos agigantados.
Creo que está picado conmigo. Resulta que, en las últimas dos semanas, yo he tenido que modificar la fecha de nuestras citas (eso sí, con un tiempo de antelación respetable y siguiendo las normas del protocolo) por motivos que, a él, le parecen un poco peregrinos: ir al ballet y a cenar con mis hermanas Wallace y Emmett. Y parece que al chico no le ha parecido bien. O eso o es que pasa de mi culo. Y cualquiera de las dos opciones es un drama.
Pues bien, el miércoles salía del trabajo (una jornada de trece horas de corrección de exámenes y trabajos de mis queridos alumnos) y me disponía a montarme en el coche para irle a recoger cuando, por las buenas, me llama.

El Ruso: Cameronnnn... ¿qué pasa...? (Él siempre habla como con puntos suspensivos... probablemente es una consecuencia de su adicción a la marihuana).
Cameron Tucker: Poca cosa... Aquí, saliendo del trabajo y deseando verte. En quince minutos estoy en tu casa. (Sí, puede que quedase, un poco, de ansiosa y de cachondona)
E. R.: Mira... Eh que... (El Ruso nunca termina del todo una frase) Semabía orvidao que eshta noche... Que ehta noche... Era er partío... Y había quedao con unoh colegah pa'vel-lo...
C. T.: ¡Ah! (Hundido y chafado, pero intentando mantener la dignidad) ¿De fútbol? (Yo que sé... podría ser de otra cosa... De Volley, por ejemplo). 
E.R.: Aro... El Partido (Lo dijo como con mayúsculas)
C.T.: ¡Ah! Y eso... ¿dura mucho? ¿quedamos después?
E.R.: Eh que... dehpué ya noh tomaremoh argo y noh fumaremoh argún porrillo... (Yo creo que esto lo dijo para disuadirme de autoinvitarme)
C.T.: Ah... bueno pues... ya nos vemos otro día, ¿no? (Nunca termino de estar seguro de lo que El Ruso quiere decir o quiere hacer)
E.R.: Aro, Aro... (Significa "Sí, por supuesto", creo)
C.T.: Pues... ¡que gane el mejor! (Mi inexperiencia en lo relativo a conversaciones deportivas es más que evidente)
E.R.: (Silencio pensativo) Sí... Un abrazo. 
Y me colgó.

No es que yo quisiera que me invitara. No es que yo quisiera pasar la velada con un grupo de postadolescentes eruptadores dueños de perros asesinos. No es que yo quisiera pasar el resto de la velada intentando inspirar volutas de oxígeno entre humo pestilente... Pero tampoco habría estado tan mal que me invitase, ¿verdad? Pues eso es lo que digo yo...

Aunque si tengo que ver, por primera vez en mi vida, un partido de fútbol en la tele no estaría mal hacerlo primero en privado para que se me explicasen las reglas básicas y tal, antes de acudir a un evento público de esta naturaleza y avergonzar a nadie.

Esta semana hace cuatro meses que... "yacimos juntos" por primera vez. Y seguimos viviendo en mundos distantes, paralelos y sin lugares o personas comunes. Y, además, acabo de descubrir que incluso nuestros calendarios de festivos son diferentes. Ya me podía yo haber ligado a una mariquita cualquiera que santificase los mismos días que yo: oraciones vespertinas la noche de Eurovisión, enarbolamiento de bandera a finales de junio, etcétera, etcétera. No, yo me tenía que pillar por un postadolescente con abdominales y genes siberianos, sin oficio ni beneficio y con adicción a los perros de razas mortales, los vehículos de motor y las drogas blandas. Un show.

Si es que, hijos míos, yo me lo guiso, yo me lo como. Yo solito soy el que se busca los problemas. Si cuando todo esto acabe me veis llorando, tenéis permiso para abofetearme.

martes, 3 de enero de 2012

Orgullo y prejuicio y abdominales, por Cameron Tucker.


Mi afición por el mundo victoriano y por su literatura han hecho mella en mi vida. Y no sólo por comportarme, conversar y pensar como una dama victoriana, sino por mi concepción de los hombres y de mi relación con ellos. 

Si una obra ha tenido especial relevancia en mi modus vivendi (expresión de la que Wallace y Emmett aseguran, erróneamente, que abuso) es "Orgullo y Prejuicio". Empiezo a pensar que los paralelismos que establezco entre esta novela y mi vida son más que peregrinos, ya que en casi todo momento de mi biografía me he sentido identificado, por una u otra cosa, con Elizabeth Bennet... pero es que, precisamente ahora, con toda la historia de El Ruso y tal, me siento especialmente cercano a esta historia. 

Y es que yo llevo desde que tengo uso de razón (me leí el libro a los 14 años) buscando a mi Mr. Darcy: el hombre leal, apuesto, caballeroso, educado y bien situado que fuese mi compañero perfecto hasta el fin de los días... Y en estos días, después de los últimos incidentes con El Ruso, he decidido que tengo que dejar de pensar en éste como en Mr. Darcy, para asumir que es, simplemente, un Mr. Wickham. 

El Ruso no es retorcido, ni malvado como Wickham, pero sí que tiene muchas similitudes con él. Los dos tienen un innegable atractivo, una imponente presencia, un seductor porte, peligro en la mirada y un sedoso cabello rubio que lo convierten en suspiro de propias y extrañas. Los dos son bebedores, fumadores y jugadores: y, si bien es cierto que El Ruso carece del regusto aristocrático que otorgaba distinción a estos vicios en la época de antaño, también es cierto que lleva sus pequeñas adicciones a su entorno y su contexto, dándole su encanto de arrabal, su regusto de extrarradio. Y es que, si lo pensamos, lo mismo es beber whisky de Malta y fumar Habanos en una reunión de caballeros jugando al backgammon, que ponerse hasta el culo de JB y marihuana, ya sea en compañía de sus amistades en el parking de cualquier centro comercial, o en soledad, jugando al póker online. Sólo cambian los tiempos, y los contextos. El encanto (o el desencanto) sigue siendo el mismo.


El Ruso no es un marido, El Ruso es un amante. Y por ello no me puedo permitir a mí mismo pensar en él como tal. Así que, desde ahora, se acabó imaginármelo con smoking, se acabó planear hipotéticas cenas en las que presentarlo en sociedad, se acabó pensar en si seguirá siendo igual de sexy a los cincuenta, y se acabó imaginar cómo le quedarían nuestros apellidos combinados a una niña china. 

El Ruso es una aventura. El hombre más guapo con el que yo (o nadie que conozca) haya yacido. El regalo del destino que la madre natura me envió después de mi conjuro croata. Pero nunca será mi marido, y un día se hartará de mí y me abandonará por cualquier mujerzuela, o por dios sabe quién. Y yo podré seguir concentrado en mi carrera, y en mi infructuosa (aunque emocionante y constante) búsqueda de Mr. Darcy, al que guardaré este ardiente secreto inconfesable, al que nunca le contaré la historia del Tártaro de las Estrellas que me robó el corazón.

domingo, 1 de enero de 2012

El año en que recogí preciados frutos, por Cameron Tucker.


En nuestro afán por dejar testimonios de nuestras vidas, Emmett, Wallace y yo hemos decidido que vamos a hacer un pequeño balance individual del año que acaba de terminar (con el objetivo de, en un futuro próximo, cuando seamos ricos y exitosos, podamos echar la vista atrás y regocijarnos por lo mucho que ha evolucionado nuestra vida, y lo bien que nos han tratado los años). 

Empecé el año como el profesor más joven de mi facultad y lo termino de la misma manera (lo que es mucho decir en estos tiempos que corren) eso sí: cobrando lo mismo e impartiendo cuatro asignaturas en vez de una, lo que, a priori, podría parecer un terrible drama, pero que, en realidad, es un buen camino. Me he integrado en mi departamento de una forma brutal, y siento que me he convertido en "la gran esperanza blanca" de la Literatura Comparada en la Universidad de Woodsboro. Además, he creado una sólida red de contactos basados en los favores mutuos y en la fidelidad que ya me ha dado más de una alegría. Encaro, laboralmente, este nuevo año cruzando los dedos para que todo, al menos, siga igual, o... incluso pueda conseguir un jugoso contrato que me haría el chico más feliz del mundo.

En lo referente a los viajes, mi gran pasión a la par que la cultura, la universidad y los hombres, ha estado bien... aunque no ha sido brillante. En mayo estuve en Roma (mi querida Roma, mi eterna Roma) con el matriarcado, saldando una deuda que ésta tenía conmigo después de que mi familia no pudiese visitarme durante el año que viví allí. Además, pasé casi todo agosto de mochilero en los Balcanes, recorriendo cinco países y acumulando anécdotas memorables y experiencias.
También he tenido algunos viajes de trabajo, por investigación y congresos: Madrid, Salamanca, Soria (con mi jefa y mi director de tesis)... que si bien no han sido ninguna gozada, sí que han sido clave en acontecimientos posteriores. Así que, en el tema de viajes, también genial. 

Mi tesis va viento en popa; mi tercera carrera está a punto de ser culminada entre grandes loores; mi familia goza de salud y de una interrelación más que aceptable; he leído más libros que la mayoría de los años (y me he internado en el mundo de Harry Potter y de "Los juegos del hambre", a la vejez); y, aunque no ha sido un año de grandes salidas, ni demasiado festivo (mi demencial jornada laboral no me deja ni demasiado tiempo libre, ni demasiadas fuerzas de disfrutar éste en las calles) he disfrutado de un ocio óptimo y relajado. 

En lo relativo a amistades, he afianzado, aún más, mi relación con "Las cuatro estaciones" (mis cuatro grandes amigas, de las que hablaré en otra ocasión), he retomado el contacto con algunas personas de mi pasado más remoto, y he aprendido y sido capaz de dejar lastre atrás y de no empeñar mi preciado y precioso tiempo en personas que, en realidad, no me aportan nada.

Y, en lo demás... porqué negarlo... la aparición de El Ruso en mi vida (y, aún más, su sorprendente permanencia en ella) le ha dado a mi ordenada, eficiente y, a veces, gris vida, el toque picante y divertido que le faltaba. El Ruso ha llenado el último trimestre de besos de cowboy, de encuentros furtivos a la salida del trabajo, de piernas temblorosas en la arboleda... El Ruso me ha devuelto, contra todo pronóstico, la posibilidad de dejar entrar a un hombre en mi mundo (después de que mi segundo marido hiciese que le echase silicona a todas las cerraduras). Y por eso, pase lo que pase con él, permanezca en mi vida el tiempo que permanezca, siempre le estaré agradecido.

 

Así que sólo puedo decir cosas buenas de 2011... Por ponerle un fallo: que mi sueldo no es todo lo alto que desearía y que he engordado... Pero no siendo mi peso o mi cuenta corriente lo que más me preocupa en la vida, podríamos decir que son males menores.

Además, lo mejor de todo es lo cargado de proyectos e ilusiones que se presenta el nuevo año... Bien es cierto que todas están centradas en lo laboral: pero también es verdad que, en realidad, es éste el único ámbito donde podemos hacer verdaderos planes. Así que... siempre recordaré 2011 con una gran sonrisa. Bienvenido, 2012, estoy esperando a que me sorprendas.


viernes, 30 de diciembre de 2011

Ennis del Mar, por Cameron Tucker.

La primera vez que El Ruso me besó estábamos en mi habitación, hacía cinco minutos que nos conocíamos y el verano se empezaba a esfumar del calendario. Hoy, una estación después, y ya en invierno, hemos tenido nuestra primera discusión. 

Me gustaría poder contar que en aquel momento mágico sonaba una canción preciosa, mítica y romántica... pero, en realidad, Britney gemía desde mis altavoces. Antes de tocar a El Ruso, ya estaba embriagado por su olor. Antes de que me besase, ya me temblaban las piernas. Ninguno de los dos sospechábamos que ese momento, que ese beso, era tan importante para el otro: yo nunca había besado a un chico tan guapo, él nunca había besado a un chico. Pero de eso no me enteraría hasta mucho después. 

Sus aires de cowboy ya se habían dejado intuir en sus sinuosos y seguros andares por mi pasillo: como el que conoce el terreno, como el que domina el momento. Pero fue cuando sus manos se posaron en mí cuando, realmente, sentí su fuerza telúrica, su firmeza ancestral. Sin yo saberlo, el mismísimo Ennis del Mar se había colado en mis tierras.

Sus manos (recias, viriles) me estremecieron ese día como lo han seguido haciendo estos meses después: haciéndome sentir protegido, deseado, en manos expertas. El Ruso consiguió, contra todo pronóstico, saltar las barreras autoimpuestas y, poco a poco, asentarse sin estridencias en los salones más privados de mi corazón. 

Después de un tiempo compartido (que en aquel momento pareció glorioso, pero que el tiempo demotraría que era fácilmente superable por ambos) pensé que El Ruso era un regalo del destino del que sólo podría disfrutar una vez... Pero esa vez se repitió, una y otra vez (siempre sintiendo que podría ser la última) y, lejano ya aquel septiembre, ha llegado la navidad. 

Y yo, tan inseguro como enamoradizo, tengo que reconocer que estoy loco por El Ruso. En todo este tiempo he estado muy contento y orgulloso de "lo bien que he llevado este tema". Al fin y al cabo, la presencia de Curvy Love era un secreto a voces, y viéndonos sólo un par de veces por semanas, tampoco sabía en realidad mucho de qué hacía El Ruso en su cotidianidad... Pero con el tiempo llegó el apego, y con el apego, las preguntas. 

Lo mejor de El Ruso, además de su apariencia de modelo, de su virilidad y de la forma en que besa, es que nunca pone problemas y que todo le parece bien. Él es justo lo que yo quería: alguien sencillo, que no se complicase ni me complicase la vida... Pero un par de acontecimientos en las últimas horas (mi encuentro fugaz con Curvy Love en una tienda de Woodsboro, la fortuita aparición de una foto de ésta en una red social...) han llevado a que yo complique una relación que sólo se sostenía en la simplicidad. Y a El Ruso le ha sentado fatal, pero fatal fatal. Me ha soltado cuatro frases cortas y sin terminar, me ha dicho que él no sabe nada de ella, y me ha pedido que le lleve a casa. Y se ha bajado del coche sin mirarme, sin girarse desde la acera como hizo sólo hace unos días.

Herir a El Ruso ha sido como abofetear a Bambi. Y yo me siento muy culpable.


miércoles, 28 de diciembre de 2011

Curvy Love, por Cameron Tucker.

Wallace y yo nos acoplamos anoche a la fiesta de navidad de los amigos de Emmett. En el local en el que se celebró (un encantador estudio artístico propiedad de una de las asistentes, en pleno centro de Woodsboro) reímos, bailamos y comimos. Comimos. Pero mucho mucho.

A mí no me importa que comiésemos tanto por dos cosas: porque, por fin, se demostró, gracias a mis magistrales recetas de familia, que podría llamarme, perfectamente, Cameron Van de Kamp; y porque, por muy lejos que esté de mi peso ideal, esta navidad el mundo es un buffet libre para mi persona, ya que después de Reyes voy a empezar una estricta dieta que me llevará a retomar las riendas de mi silueta. 



Y no es que yo tenga ningún problema con mi peso, au contraire. Yo soy curvy, siempre he sido y siempre lo seré: lo acepto y lo llevo con orgullo. Soy listo, encantador, divertido... y curvy. El mundo se ha empeñado en invisibilizar a la gente que no se rige a unos estrictos cánones de figura, pero yo me empeño en hacernos visibles. Si me voy a poner a dieta no es por poderme poner vaqueros más ceñidos, ni por ser más atractivo para los otros hombres: lo haré por comodidad, por salud y por no pasar un verano tan terriblemente caluroso como el pasado. Los curvys tenemos una temperatura corporal más alta que los delgados, eso es así y hay que asumirlo... pero en vistas de lo radical del cambio climático, mejor será adaptar mi cuerpo a las altas temperaturas de cara a la óptima supervivencia.

Si algo nos ha demostrado Adele es que se puede ser joven, listo, exitoso y curvy. Y como yo me acepto como curvy, el mundo me acepta como tal. Bueno, todo el mundo... menos mi jefa. Mi jefa es una catedrática de metro y medio, setenta años y cuarenta kilos que odia a dos cosas por encima de cualquier otra: a los gordos y a los gays. Y conmigo tiene el pack completo, oiga.

Mi jefa me odia. Me odia desde el día en que me vio. Me odia todas las horas del día. Y no sólo me odia a mí: odia mis comentarios, mis gustos, mis zapatos... y puede que, incluso, mi cara. Y no se empeña, precisamente, en ocultarlo. Cuando ya me había acostumbrado a que no me devolviese los buenos días (o que, como mucho, me lanzase un gruñido matutino) se ha tomado las suficientes confianzas conmigo como para juzgar y dar consejos sobre mi vida.

La semana pasada yo estaba trabajando en un Congreso Internacional de Literatura Comparada que organizaba mi Facultad cuando, cerca de la una de la tarde, después de cinco horas de colgar carteles, recibir ponentes, repartir materiales... fui a la cafetería y me compré un sandwich. Mientras me lo comía, sentadito en una esquina del hall de mi facultad, la vi aparecer por la puerta principal y supe que se avecinaba el drama. Sus ojos de comadreja me localizaron a unos cincuenta metros de distancia y, dejando de lado cualquier cosa que fuese a hacer, se dirigió en linea recta hacia mi persona, cruzando el gigantesco hall marmóreo como un búfalo migratorio. Cuando estaba lo suficientemente cerca como para que yo ya sintiese su tufo a Chanel se paró en seco, me miró a los ojos, miró mi sandwich, miró mi barriga, y exclamó: "¡Después dices que no comes...! ¡¡¡JA!!!". Yo no supe qué responderle (sobre todo porque jamás le he dicho yo tal frase), así que sólo me quedé quieto, con los ojos muy abiertos y el gesto congelado. Unas milésimas de segundos después ella se giró, volvió a exclamar "¡JA!", y se metió en un ascensor, manteniéndome la mirada mientras se cerraban las puertas. 


Así que no, no podemos decir que todo el mundo acepta con la misma normalidad el tema de mi peso. Lo bueno es que quién más me debería preocupar en este sentido, El Ruso, sí que lo aprueba. De hecho su aprobación en este tema resulta inquietante. Y es que, let's be honest, los chicos con abdominales como los suyos no suelen salir con chicos con siluetas como la mía. 

Al principio de nuestra "relación" este hecho me inquietaba... pero intenté pensar en ellos como un regalo del destino que debía aprovechar hasta que se terminase. Pero conforme El Ruso y yo nos conocíamos, nuevos datos perturbadores surgieron a este respecto. El Ruso tiene dos exnovias. Sí, exnovias con A. Yo soy, parece ser, el primer varón con el que se ha entregado a los placeres viriles (aunque eso será otra historia). En una conversación postcoital, como el que no quiere la cosa, hablando de esto y de aquello, me dijo el nombre de una de ellas. Yo lo apunté en mi mente y, nada más llegar a casa y ayudado de google, elaboré un informe exhaustivo sobre la sujeto. Al encontrar la primera de sus fotos me quedé helado: la exnovia de El Ruso es tan curvy como yo. Y en ese momento, gracias a Wallace (y a su mordaz humor), quedó bautizada como "Curvy Love", en claro homenaje a la viuda del grunge. 

Desde ese momento empecé a ver que las similitudes corpóreas entre Curvy Love y yo, las dos únicas parejas sexuales conocidas de nuestro Macho Alfa, eran tremendas y (aunque Emmett diga, acertadamente, que no se puede considerar un fetiche, al igual que no puede ser considerado así salir con gente de peso medio) caí en la cuenta de que a El Ruso le gustan curvys... Y sólo puedo decir... ¡Bendito pseudofetiche!

domingo, 25 de diciembre de 2011

El tártaro de las estrellas, por Cameron Tucker.

La historia de cómo conocí a "El Ruso", el joven que frecuento desde septiembre, es mágica y vinculada a episodios de mi pasado reciente. Pero mágica de verdad.
Este verano estaba haciendo un viaje como mochilero por los Balcanes cuando mis amigos viajeros me empezaron a preguntar sobre mi vida sentimental. Harto de desengaños, y con el compromiso  de mi segundo marido (CON UNA MUJER) aún demasiado reciente, intenté huir del amor, deshacerme de los hombres para siempre, cerrar mi corazón a cal y canto para tirar la llave al plácido Mar Adriático.
Así, en Zadar, sentado al atardecer en unas escaleras llenas de musgo que acaban en el mar y que, por medio de un complejo sistema de tubos, hace que las olas y las corrientes produzcan una misteriosa música marina, hice un conjuro, que en un principio no pensaba que tendría consecuencias pero que, poco después, volvería a mi vida en forma de flashback de mis propias palabras.


Inspirándome en "Prácticamente magia" enumeré las cualidades imprescindibles que un hombre improbable, ficticio e imaginario debería reunir para entrar en mi vida. 
Y esas cualidades eran no sólo contrarias a mi forma de vida, sino también, por contraposición, a la de mi segundo marido. 


Y es que, este hombre nacido de la tierra y, a la vez, llegado de las estrellas, debía ser telúrico, primigenio, básico, sencillo. Debía ser capaz de trabajar con sus propias manos, de construir, de crear. Tenía que vivir al instante, sin la sombra de un futuro que atenazase su vida, sin el peso de un pasado que lo hiciera inamovible. Debía poseer, en él, el mundo, y ser, a la vez, poseído por éste. Un hombre que amase el aire libre, un hombre capaz de amar a un perro. Un hombre sencillo, que oliese a tabaco y a pino. Un hombre que no necesitase cuestionarlo, ni cuestionárselo, todo; que, si quiera, acostumbrase a disfrutar de la literatura. Un hombre sencillo, un hombre inexistente.


Esas palabras volaron en volutas desde mi boca, y se perdieron, acaso para siempre, entre las nubes. No sospechaba yo que, apenas tres semanas después, se presentaría ante mi puerta un hombre al que, conforme fui conociendo, vi que poseía todas esas características... Pero eso yo aún no lo sabía cuando, al abrir la puerta de mi casa, "El Ruso" se apoyaba en el quicio de la puerta con unas botas de trabajo, unos vaqueros roídos y una camiseta de propaganda llena de manchas de pintura. Eso yo no lo sabía el día que me encontré con "El tártaro de las estrellas". 
Cameron Tucker.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Introducing Cameron Tucker.

Emmett y Wallace creen que soy una mariquita remilgada... pero nada más lejos de la realidad. Simplemenete me gusta el orden, la eficiencia y lo académico. Ellas dos me llaman Charlotte, y no es el único mote cruel y televisivo que el mundo me ha endilgado...
Otros amigos, en referencia directa a Ross Geller, me llaman "El tres carreras". Y es que, aunque apenas tengo 28 años, en unos meses terminaré mi tercera carrera universitaria. Además, la semana pasada, terminé mi segundo máster. Y, desde hace dos cursos académicos, soy el profesor asociado más joven de la Facultad de Letras de Woodsboro. Esto puede sonar fascinante y glamouroso... pero en realidad se traduce en una jornada de sesenta horas semanales con la remuneración de un contrato de ocho. Total, un drama.

En lo personal vivo uno de los momentos más tranquilos y felices de mi vida. Recojo los frutos que, con sudor y lágrimas, he sembrado a lo largo de años de duro esfuerzo; me paso los veranos viajando como mochilero por Europa; y disfruto de mis amistades en una ciudad de provincias que, cada día que pasa, está más preciosa.
Provengo de un largo matriarcado lorquiano, y eso ha forjado mi carácter: soñador y romántico, pero también firme y pragmático.
Lo que más me gusta en el mundo es leer y viajar. Lo que menos, la gente maleducada y las personas sin proyectos vitales.
He tenido dos maridos. Al primero lo dejé por intentar conquistar al segundo. Al segundo tardé años en cazarlo, pero lo hice, cortejándolo a la antigua usanza. Al poco, el segundo me abandonó a mí. Por una mujer. Se casan en mayo.

Pero no todo es trabajo, construcción de proyectos futuros y vida espartana. Desde septiembre frecuento a un joven... Y no es aleatorio que use la palabra joven... Nunca nada en mí es producto del azar, de hecho. Pero esa ya es otra historia...
Cameron Tucker.